Un sistema socio-económico y político atraviesa por
una transición cuando cambia gradualmente de su modo original a otro distinto.
No se trata de una revolución, sino de un cambio gradual, de transformaciones
lentas y a veces imperceptibles.
Esto implica la coexistencia de características
viejas y nuevas de cuya correlación de fuerzas se puede predecir el resultado
final de la transición. Ese cambio no es instantáneo ni integral, no
abarca todos los componentes del viejo orden que se resistirá siempre a desaparecer.
Y si la transición no se completa bien, el viejo orden se puede restaurar.
La transición no es un simple cambio de mando
político, implica también la emergencia de un nuevo sistema socio-económico
liberador de la pobreza, caldo de cultivo para la opresión política. Por eso,
la transición no necesariamente tiene que ser primero política para que luego
ésta impulse la económica. El proceso se puede dar al revés, puede ocurrir
primero una transición económica que desemboque en una transición política.