Víctor Álvarez R.
Director de Pedagogía Económica y Política
Tras el terremoto del 24 de junio, crece la
presencia militar de EEUU en Venezuela. Más de 2.000 efectivos estadounidenses desembarcaron en el país con el argumento
de brindar asistencia humanitaria y apoyar las tareas de reconstrucción. La
Orden Ejecutiva 14373 y las licencias de la OFAC fueron los primeros pasos para
la implantación de un entramado de control que tiene como fin incorporar a
Venezuela en la estrategia de seguridad energética y geopolítica de EEUU. Ahora,
la Administración Trump aprovecha la catástrofe para ampliar su presencia e
influencia en Venezuela.
La
intervención de EEUU en los asuntos internos ha sido aceptada sin mayor
resistencia interna. Un país cansado por largos años de contracción económica, desempleo,
alza del dólar, inflación, deterioro de los servicios de electricidad, agua,
gas, telecomunicaciones, salud y educación, se rinde ante una tutela externa que
promete mejorar las condiciones de vida de los empobrecidos hogares venezolanos.
Esta promesa
de reconstrucción encuentra un nuevo caldo de cultivo en la brutal catástrofe causada
por el terremoto. Ante las limitaciones de las instituciones del país que
fueron desbordadas por la magnitud de la tragedia, el clamor nacional pide
ayuda internacional. Y en nombre de la ayuda humanitaria y de la reconstrucción
nacional, el debate político no repara ni cuestiona la creciente intervención externa
en los asuntos nacionales.
Por este
camino, Venezuela no podrá recuperar la soberanía perdida que la dirigencia
política no se atreve a defender por temor a la reacción que pueda tener la
Administración Trump. Saben que -con la captura y extracción de Nicolás Maduro-,
Trump mostró su mano dura y dejó claro lo que es capaz de hacer en Venezuela,
si alguien se le opone.
MCM: La aguafiestas de Donald Trump
