Víctor Álvarez R. / Director de Pedagogía Electoral
En las
presidenciales del pasado 28 de julio de 2024, el poder electoral dio como
ganador al candidato oficialista, un sorprendente e inesperado resultado
contrario a las encuestas preelectorales, a las mediciones a boca de urna, y a
las actas en manos de los testigos de la oposición. La Sala Electoral del
Tribunal Supremo de Justicia ratificó este resultado sin que antes se
publicaran las actas desagregadas por mesas y centros electorales que comprobaran
la veracidad de la totalización anunciada.
Cuando esto se
repite una y otra vez, el elector percibe que su voto no tendrá ningún efecto
en el resultado y decide que no volverá a votar. De hecho, se han
vuelto a escuchar las consignas abstencionistas y desmovilizadoras que dicen:
“en Venezuela se vota, pero no se elige”,
“participar en las próximas elecciones es convalidar la farsa electoral del
régimen”, “no voy a votar porque no quiero que me vuelvan a robar el voto”.
Esto es lo que
la psicología llama la desesperanza aprendida, un concepto que
analiza y describe un estado mental en el que una persona -expuesta a
estimulaciones aversivas que no puede controlar-, aprende a
comportarse pasivamente, al ver que es inútil su acción para cambiar un
resultado no deseado.
Justamente, el
deterioro de las condiciones electorales forma parte de las estimulaciones
aversivas que el elector descontento no puede controlar y se revela como una
eficaz estrategia del régimen para implantar la desesperanza aprendida
en el mapa mental de los electores venezolanos. En esencia, se trata de un
mecanismo de dominación para influir en la conducta electoral del votante
opositor y una vez más provocar la abstención que convierta en mayoría a la
minoría oficialista.
En el maratón electoral de 2025 se convocaron comicios para elegir 3.375 cargos públicos, a saber:

