Víctor Álvarez R.
María
Corina Machado dijo: “Yo estoy dispuesta
a negociar con Maduro su salida, no su quedada. No estoy dispuesta a negociar
la cohabitación y la permanencia de estos individuos en el poder”. Y
amenazó a
Maduro diciéndole: “yo no te quiero
muerto, yo te quiero vivo para que enfrentes la justicia, yo te quiero preso”.
Y no hace mucho, los voceros del interinato sentenciaban que “lo único que negociarían con Maduro sería
su salvoconducto o el color del uniforme en la cárcel de Guantánamo.”
El liderazgo de la oposición que tiene la mayor
opción de ganar las Presidenciales del 28-J ha acusado al gobierno de Maduro de
dictadura, de narco-régimen y camarilla de delincuentes; de traidores a la
patria que entregaron la soberanía nacional a la ocupación cubana, al espionaje
iraní y ruso; de convertir el territorio nacional en una guarida de grupos
terroristas cómo Hezbollah, FARC y ELN. Ese liderazgo radical ha aplaudido las
recompensas que ofrece EEUU por la captura de Nicolás Maduro y Diosdado
Cabello; ha solicitado sanciones económicas contra Venezuela; invocado la
activación del TIAR y la creación de una amenaza creíble a través de una
intervención militar extranjera. Estas amenazas
recrudecen el temor de quienes pueden perder el poder y no quieren quedar
expuestos a una espiral de persecuciones, juicios y condenas. Amenazar al
adversario y dejarlo sin salida lo puede forzar a atrincherarse y trancar el
juego. Esa
estrategia
amenazante generó un clima psicológico muy tóxico que ha plagado de temores al
oficialismo y sus seguidores que temen ser víctimas de una cacería de brujas.
En Venezuela se respira una necesidad de cambio en el mando político.
