jueves, 16 de julio de 2026

En Venezuela la oposición también está tutelada

 

Víctor Álvarez R.

Director de Pedagogía Económica y Política

Tras el terremoto del 24 de junio, crece la presencia militar de EEUU en Venezuela. Más de 2.000 efectivos estadounidenses desembarcaron en el país con el argumento de brindar asistencia humanitaria y apoyar las tareas de reconstrucción. La Orden Ejecutiva 14373 y las licencias de la OFAC fueron los primeros pasos para la implantación de un entramado de control que tiene como fin incorporar a Venezuela en la estrategia de seguridad energética y geopolítica de EEUU. Ahora, la Administración Trump aprovecha la catástrofe para ampliar su presencia e influencia en Venezuela.

La intervención de EEUU en los asuntos internos ha sido aceptada sin mayor resistencia interna. Un país cansado por largos años de contracción económica, desempleo, alza del dólar, inflación, deterioro de los servicios de electricidad, agua, gas, telecomunicaciones, salud y educación, se rinde ante una tutela externa que promete mejorar las condiciones de vida de los empobrecidos hogares venezolanos.

Esta promesa de reconstrucción encuentra un nuevo caldo de cultivo en la brutal catástrofe causada por el terremoto. Ante las limitaciones de las instituciones del país que fueron desbordadas por la magnitud de la tragedia, el clamor nacional pide ayuda internacional. Y en nombre de la ayuda humanitaria y de la reconstrucción nacional, el debate político no repara ni cuestiona la creciente intervención externa en los asuntos nacionales.

Por este camino, Venezuela no podrá recuperar la soberanía perdida que la dirigencia política no se atreve a defender por temor a la reacción que pueda tener la Administración Trump. Saben que -con la captura y extracción de Nicolás Maduro-, Trump mostró su mano dura y dejó claro lo que es capaz de hacer en Venezuela, si alguien se le opone. 

MCM: La aguafiestas de Donald Trump

Trump dice que -a pesar del terremoto- los venezolanos están felices y bailan en las calles por el futuro promisor que ahora tienen por delante. Afirma que con el dinero obtenido por las ventas de petróleo venezolano ha pagado varias veces la guerra contra Irán y presenta el control sobre el país que tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo como un gran éxito de su política exterior. Elogia el gobierno interino de Delcy Rodríguez y dice que se está entendiendo muy bien con Venezuela.

A contrapelo, María Corina Machado (MCM), afirma que el país está de mal en peor, en manos de un gobierno incapaz de sacar al país de la crisis, ahora agravada por la devastación del terremoto. La principal líder de la oposición dejó de reclamar el reconocimiento de las Presidenciales de 2024 para anunciar que será candidata presidencial. En Washington le han asegurado que dejará de estar inhabilitada y podrá postularse en las próximas elecciones, pero que no puede retar a Trump y regresar a Venezuela sin autorización.

A los activistas de MCM los relacionan con las protestas frente a la Embajada de EEUU en Caracas y con las críticas al Encargado de Negocios, John Barrett, por su cooperación con el gobierno interino. Y desde Washington le advierten que no puede regresar a Venezuela a calentar la calle para reclamar que se convoquen las elecciones presidenciales, antes de que concluya la segunda fase de recuperación económica. Pero ella insiste en regresar y se ha convertido en la aguafiestas de la narrativa de Trump sobre Venezuela.

La oposición tutelada

Si Trump le retira la protección, MCM terminará acusada de ser una líder egoísta que exige elecciones para lograr su ambición personal de ser presidenta, sin considerar que la prioridad es reconstruir la Venezuela destruida por el terremoto y recuperar la economía para que los migrantes ilegales que tanto preocupan a Trump puedan retornar a Venezuela.

Esta amenaza la deja fuera de juego. De hecho, MCM no es tomada en cuenta ni siquiera para preparar las condiciones de la transición política, tal como quedó demostrado con la tarea asignada por EEUU a Dinorah Figuera, presidenta de la AN 2015, quien visitó Venezuela -su país- no por decisión propia, sino invitada por el Departamento de Estado de EEUU, con la misión de negociar con el oficialismo las condiciones para la tercera fase de la transición política.

Este es el crudo reflejo de la realidad política nacional, en la que no solo el gobierno está tutelado, también la oposición está tutelada.

En Venezuela no habrá elecciones

Por lo tanto, no hay que generar falsas expectativas. En Venezuela no habrá elecciones en el 2027 y puede que en el 2028 tampoco. Se convocarán una vez que se termine el difícil trabajo del ajuste económico y se declare concluida la segunda fase de reconstrucción y recuperación económica, la cual puede durar más de dos años.

A las medidas de ajuste económico suele atribuirse un impacto social y un costo político-electoral que nadie quiere pagar. Si las presidenciales se convocan antes de hacer “el trabajo sucio” del ajuste económico, el nuevo gobierno recibirá una economía aún sin sanear, un país institucionalmente débil, y una sociedad descontenta que puede estallar. El nuevo mando político caminará por un campo minado y Venezuela será un país difícil de gobernar. El chavismo en la oposición, con la mayoría de las gobernaciones y alcaldías, aún tendría suficiente fuerza para calentar la calle y abortar las reformas económicas que quedaron pendientes.

Por eso, al referirse a la tercera fase de transición democrática, Marco Rubio declaró que “no quiere esperar demasiado para una transición, pero tampoco quiere actuar con tanta rapidez que todo pueda desmoronarse". Hasta María Elvira Salazar y los congresistas republicanos que tanto presionaron para convocar las elecciones acataron la línea de Trump y Rubio para que las presidenciales se pospongan, incluso hasta el 2028.  

Recordemos también lo que dijo Marco Rubio cuando fue interpelado en el Senado para determinar si Trump había sobrepasado los límites de la soberanía venezolana. Dijo Rubio: “Quien crea que Venezuela recuperará su autonomía de forma inmediata, sin pasar por este filtro de administración estratégica, simplemente está leyendo mal el momento histórico”.

Esta “administración estratégica” se lleva a cabo a través de la Orden Ejecutiva 14373, las licencias de la OFAC y la creciente presencia militar de EEUU, todo lo cual se puede prolongar aún después que Venezuela elija un nuevo gobierno. Incluso, bajo una Administración Demócrata, a los intereses energéticos y geopolíticos de EEUU le convendrá mantenerlas vigentes, tal como lo hizo Biden con la Orden Ejecutiva 13883 y las licencias de la OFAC que heredó del primer mandato de Trump.

¿Quién puede asegurar, entonces, que la arquitectura de control sobre el ingreso petrolero, el comercio exterior y las inversiones en Venezuela se desmontará una vez que se hayan celebrado las elecciones presidenciales?

¿Quién puede asegurar que la tutela de EEUU sobre Venezuela no se va a mantener vigente luego de una eventual victoria de los demócratas en las Presidenciales de 2028?

La prioridad de los actores políticos interesados en restaurar la democracia venezolana queda subordinada al interés de Trump y las transnacionales estadounidenses que ven a Venezuela como un manantial de oportunidades para hacer negocios e inversiones en petróleo, gas, oro, diamantes, coltán, otros minerales estratégicos. Ahora se suma la reconstrucción de las zonas devastadas por el terremoto, cuyos contratos serán pagados con los ingresos petroleros venezolanos depositados en las cuentas custodiadas por el Departamento del Tesoro de EEUU.

La transición política estable y duradera es un asunto de viabilidad económica, no de legitimidad democrática. Habrá elecciones cuando se construya la viabilidad económica de la transición política. Lo que está en marcha no es una transición democrática, sino la normalización de un país tutelado bajo lo que Marco Rubio llama la “administración estratégica”. En la Venezuela tutelada se impone un cambio económico sin cambio   político, es la normalización sin transición.

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