viernes, 30 de mayo de 2014

Propuesta 7 a la CEP: Reformar la LOCTI


Víctor Álvarez R.
En la nueva fase de la Ofensiva Económica, el Presidente Nicolás Maduro ha planteado reactivar la producción para aumentar el abastecimiento y estabilizar los precios, los llamados objetivos PAP. Hasta ahora, las medidas para lograrlo giran en torno a agilizar la entrega de divisas y ofrecer nuevas fuentes de financiamiento. Pero una producción de calidad y bajos precios requiere, adicionalmente, incentivos para el fortalecimiento de las capacidades tecnológicas e innovativas, a fin de incrementar la productividad y reducir de forma drástica los costos. El acceso oportuno a los recursos que requieren las empresas para mejorar los productos y procesos tecnológicos, pasa por reformar la Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación (Locti).
Balance de la Locti
Uno de los propósitos de la Locti fue generar recursos de las empresas para  financiar sus propios proyectos de investigación e innovación y así generar un conocimiento útil que les ayudara a mejorar su calidad, productividad y competitividad. De esta forma se liberarían recursos públicos para ser reorientados al financiamiento de los proyectos de universidades y centros de investigación.
Cuando se aprobó la Locti, las empresas podían escoger entre invertir su aporte puertas adentro, financiar proyectos de universidades o entregarlo al Mcti. A pesar de que la ley identificaba más de diez formas de vinculación universidad-empresa, el 95% de los aportes se quedó en las compañías, no pocas veces para pagar la fiesta de navidad de la empresa, argumentando que habían sido invertidos en la organización de un evento sobre nuevas tecnologías. Solo el 4% se destinó a financiar proyectos con universidades y apenas 1% fue depositado en el Ministerio.
Para evitar el desvío de recursos, con la reforma de 2010 todos los aportes empresariales se centralizaron en el Fonacit. Sin embargo, la producción científica y tecnológica -medida a través de los indicadores tradicionales de proyectos de investigación, artículos publicados en revistas indexadas, eventos científicos y patentes registradas-, no aumentó en la misma proporción de los fondos Locti. Por el contrario, en muchos casos se redujo. Solo el número de investigadores y tecnólogos se incrementó, aunque paradójicamente la caída en los demás indicadores se atribuye a los bajos salarios, realidad que obliga a muchos investigadores a renunciar para buscar trabajos mejor remunerados.
El logro de los objetivos PAP requiere una reforma de la Locti que facilite la inversión empresarial en el fortalecimiento de su productividad, calidad y competitividad. De esta forma, el insuficiente número de laboratorios universitarios se complementaría haciendo de cada empresa un centro de investigación e innovación. Adicionalmente se crearía una infraestructura de uso común para el fortalecimiento de las capacidades tecnológicas e innovativas del aparato productivo, el cual remuneraría con mejores sueldos y beneficios a los profesionales con nivel de maestría y doctorado que se dedican a la investigación, pero que de acuerdo a las tablas oficiales apenas reciben 1,2 salarios mínimos.
Empresa: locus de la innovación
Los aportes Locti de las empresas no pueden ser catalogados por sí mismos como una inversión. Si así fuera, el monto de 2 % del PIB que se recauda nos ubicaría a nivel de Japón y Alemania, pero está claro que no hemos alcanzado el grado de desarrollo científico ni mucho menos económico de esos países. El ritmo innovador no depende simplemente de la escala de los aportes a la Locti sino del modo en que dichos recursos son invertidos, dirigidos y aprovechados. Semejante volumen de recursos no puede ser absorbido únicamente por las universidades. Y la debilidad del sistema nacional de innovación conduce a malgastar muchos recursos debido a la insistencia en modelos ya superados que aún sostienen que las tecnologías se desarrollan en las universidades y luego son transferidas a las empresas.
De allí la necesidad de activar nuevos espacios para realizar proyectos de investigación e innovación cada vez más pertinentes con la problemática real del aparato productivo. Es aquí donde la empresa pública y privada está llamada a abrirse como locus de una actividad científica y tecnológica que sustente una abundante producción de calidad y precios solidarios. En los aportes que las empresas hacen a la Locti están los fondos necesarios para mejorar sus  productos y procesos. Con estos recursos se financiaría la incorporación del talento humano en la planta física de las propias empresas, las cuales pasarían a ser el epicentro de una actividad de innovación conectada con las necesidades reales de la producción de bienes y servicios. Así, cada empresa se convertiría en un centro de investigación y, adicionalmente, se invertirían fondos en la creación de una infraestructura de laboratorios y centros de servicios tecnológicos de uso común para el fortalecimiento de las capacidades tecnológicas e innovativas del aparato productivo nacional.
Repensar vinculación universidad-empresa                                                  
Tomando en cuenta que los fondos Locti son aportes empresariales, estos deben invertirse en el desarrollo de una actividad de investigación e innovación cada vez más vinculada a las necesidades del aparato productivo nacional. Esto implica repensar la vinculación universidad-empresa para asumir la actividad productiva como eje dinámico que guía los procesos de generación, transferencia, difusión y uso de conocimientos científicos y tecnológicos.
Ahora bien, la mejora incremental y radical de los productos, procesos productivos y sistemas de organización de la producción, distribución y comercialización requiere relanzar el compromiso de la empresa con el buen uso de sus aportes Locti. Asimismo, se necesita una reforma de la ley a fin de permitir la inversión directa de los aportes que hacen las empresas en el fortalecimiento de su productividad. Esta reforma contribuiría a generar una abundante producción a buenos precios de los bienes y servicios que se requieren para satisfacer holgadamente las necesidades básicas y esenciales de toda la población.  @victoralvarezr
 

 

 

viernes, 16 de mayo de 2014

¡No me suban más el sueldo pero paren la inflación!


Por: Víctor Álvarez R.

Desde que entró en vigencia la Reconversión Monetaria la inflación acumulada alcanza el 448,3%. Esto significa que aquel bolívar fuerte hoy equivale a solo 0,1823 céntimos. La inflación erosiona el poder adquisitivo, contrae el consumo de las personas y es una de las causas de la actual desaceleración que sufre la economía venezolana. El factor trabajo reclama aumentos de sueldos para compensar el poder adquisitivo que ha perdido como consecuencia de la inflación. Mientras que el factor capital registra tales aumentos como un incremento en los costos de producción y, para no afectar su margen de ganancias, inmediatamente lo traslada al precio de venta. Los trabajadores en cambio tienen que esperar cada 1° de mayo o hasta la nueva contratación colectiva (en promedio cada dos años) para que se produzca una nueva compensación salarial.    
El empeño por trasladar a los precios cualquier aumento de sueldos termina revirtiéndose contra la propia lógica del capital de aumentar las ventas para maximizar sus ganancias. Al caer la demanda, la racionalidad capitalista -en lugar de aumentar los sueldos para reanimar el consumo-, lo que hace es bajar el nivel de producción y reducir las nóminas, con lo cual empeoran aún más la situación. El salario no es sólo un costo de producción más: es la principal fuerza motriz del consumo privado y de la demanda agregada. Los aumentos de sueldos serán la fuerza motriz de la reactivación económica, siempre y cuando no sean trasladados de inmediato y en una mayor proporción a los precios.
Los asalariados, al tener mayores necesidades insatisfechas, cuando reciben un aumento de sueldos tienden a gastarlo todo, no tienen capacidad de ahorro y su propensión al consumo es mayor que la de los capitalistas, los cuales tienen sus necesidades básicas y no básicas satisfechas. Por eso, cualquier aumento de los sueldos mueve la economía. Cuando se castiga el salario se castiga la actividad económica y se provoca estancamiento y recesión.
El resultado de la pugna por la distribución del ingreso entre trabajo y capital se expresa en el saldo neto del intercambio entre aumento de salarios por inflación. En dependencia de cuál sea mayor estaremos en presencia de una distribución progresiva o regresiva del ingreso. Como la inflación promedio anual sigue siendo superior al aumento de sueldos, quien resulta ganando es el capital. Una inflación mayor que el incremento salarial es uno de los factores que explica la distribución regresiva del ingreso que se observa en la economía venezolana. Cuando los precios suben, los salarios no lo hacen de inmediato. El factor trabajo reacciona con retraso y cuando por fin logra una compensación salarial ya ha sido despojado de buena parte de su ingreso. El ajuste salarial, además de ser tardío, no compensa toda la pérdida del poder adquisitivo. Al ser menor el aumento de los sueldos en comparación con la inflación, se produce una transferencia neta del ingreso de los trabajadores que viven de un sueldo fijo a favor del factor capital.
Mientras la inflación suba por el ascensor y los salarios lo hagan por la escalera, seguirá ganando el capital. Si esa es la jugada, yo prefiero que no me suban más el sueldo pero que paren la inflación.

Noruega: país petrolero que ya disfruta lo que aspira lograr el socialismo del SXXI


Por: Víctor Álvarez R.

El socialismo del siglo XXI no se podrá construir con las armas melladas del socialismo del siglo XX. Nostalgiamos con lo que pudo haber sido la URSS o el bloque de países socialistas europeos, buscamos inspiración en el socialismo de mercado chino, sin darnos cuenta que en Europa hay realidades más parecidas a la venezolana. Allá está el caso de Noruega, un país que hace 50 años era una de las economías más pobres de Europa y pasó a ser, según las Naciones Unidas, la más desarrollada e igualitaria del mundo. La explicación: el papel  del petróleo para financiar la inversión social y productiva y, sobre todo, el ahorro de un porcentaje de la renta para atender las necesidades futuras. Analizar la experiencia de un país petrolero como Noruega puede ser muy útil de cara al reto que tiene la Revolución Bolivariana de construir un nuevo modelo productivo que, al reservar al Estado la soberanía sobre los recursos naturales, minimice el extractivismo depredador a medida que la inversión social y productiva de la renta impulse el desarrollo de una pujante economía social y solidaria.

Con el fin de  financiar a largo plazo su Estado de bienestar, Noruega deposita en el Banco Noruego de Inversiones casi toda la renta petrolera que recauda a través de impuestos al sector petrolero, regalías por yacimientos y dividendos por su participación mayoritaria en Statoil, la petrolera noruega. Maneja más de 800 mil millones de dólares, una suma que duplica la economía venezolana.

A comienzos de los 70, Noruega construyó un gran acuerdo nacional y estableció una regla que limita a 4% -el equivalente al rendimiento esperado del Fondo- el dinero que el gobierno puede retirar para completar su presupuesto, el cual se nutre fundamentalmente del ingreso fiscal no petrolero. Gracias a esta decisión, Noruega logró los niveles más altos del mundo en calidad de vida e igualdad de oportunidades para su población. El mercado laboral está casi siempre en los niveles de pleno empleo y la educación es pública y gratuita. La ciudadanía tiene garantizado el derecho a la salud, lo que ha elevado la esperanza de vida al nacer a 81 años. No hay pobreza ni exclusión social. Con la mirada puesta en el largo plazo, Noruega creó en 1990 el Fondo Global de Pensiones para contrarrestar la merma futura de ingresos, aislar la volatilidad del precio del petróleo y garantizar el pago de las jubilaciones futuras.

Ese 4% que pudiera lucir como un porcentaje muy bajo, en términos absolutos representa una considerable cantidad de recursos financieros, toda vez que el Fondo no deja de aumentar y asegura una creciente suma de petrodólares para financiar el gasto del gobierno.

Mientras la mayoría de los países de la Unión Europea no terminan de superar la brutal crisis que los sacude desde hace cinco años, el reto de Noruega radica en utilizar su millardario Fondo sin perjudicar la economía, tal como ocurre en las economías rentistas donde la sobrevaluación de la moneda implanta una perniciosa tendencia a importar todo lo que se debiera estar generando con el esfuerzo productivo interno.
Esta realidad sugiere que Noruega disfruta ya de los logros que el socialismo del siglo XXI se plantea alcanzar. Una experiencia digna de observar.

Propuesta 6 a la CEP: Un Pacto Antiinflacionario


Por: Víctor Alvarez R.

En su programa En contacto con Maduro, el Presidente de la República planteó que "debemos tener una economía sana, tanto en lo productivo como en los precios: esa es la mayor garantía de estabilidad social del país". Desde que entró en vigencia la Reconversión Monetaria la inflación acumulada alcanza el 448,3%. Esto significa que el bolívar de hoy equivale a solo 0,1823 céntimos del bolívar fuerte que comenzó a circular en enero de 2008. La inflación acumulada en el primer cuatrimestre llegó a 10,1%. En la Comisión Económica para la Paz (CEP) se pudieran echar las bases para un Pacto Antiinflacionario como expresión de la corresponsabilidad que los sectores público y privado están dispuestos a asumir para derrotar este terrible flagelo que está empobreciendo y arruinado al país. La inflación no solo devora el poder adquisitivo de los trabajadores, sino que también se revierte contra la lógica empresarial de aumentar las ventas para mejorar su rentabilidad.

Hacia un Pacto Antiinflacionario

Derrotar la inflación pasa por reconocer la corresponsabilidad que tienen los sectores público y privado en el desquicie de los precios. La empresa privada tiene que entender que si los aumentos de sueldos son trasladados inmediatamente y en una mayor proporción al precio de venta, esto termina revirtiéndose contra la propia lógica empresarial de aumentar las ventas para maximizar sus ganancias. La inflación erosiona el poder adquisitivo, contrae el consumo de las personas y es una de las causas de la actual desaceleración que sufre la economía venezolana. El salario no es sólo un costo de producción más: es la principal fuerza motriz del consumo privado y de la demanda agregada. Los asalariados, al tener mayores necesidades insatisfechas, cuando reciben un aumento de sueldos tienden a gastarlo todo, no tienen capacidad de ahorro y su propensión al consumo es mayor que la de los capitalistas, los cuales tienen sus necesidades satisfechas. Por eso, cualquier aumento de los sueldos mueve la economía. Cuando se castiga el salario se castiga la actividad económica y se provoca estancamiento y recesión. Los aumentos de sueldos serán la fuerza motriz de la reactivación económica, siempre y cuando no sean trasladados de inmediato y en una mayor proporción a los precios.
A su vez, el gobierno tiene que entender que el financiamiento del BCV a Pdvsa y otras empresas públicas deficitarias ha provocado un crecimiento sin precedentes de la liquidez monetaria. Si el financiamiento del déficit fiscal por parte del BCV se convierte en una práctica reiterada, podríamos caer en una perversa expansión de la oferta monetaria con nefastas consecuencias, toda vez que se agravaría el actual desequilibrio entre la liquidez monetaria y la oferta de bienes y servicios. Esto deteriora el poder de compra de la moneda, lo cual se expresa en una permanente inflación que es imposible de vencer con controles de precios. Así, un gobierno que se ha declarado socialista, paradójicamente estaría atizando la inflación y facilitando un proceso de redistribución regresiva del ingreso que perjudica abiertamente a los trabajadores que viven de un ingreso fijo.
El Art. 318 de la CRBV establece que “El objetivo fundamental del BCV es lograr la estabilidad de precios y preservar el valor interno y externo de la unidad monetaria”. A su vez, el Art. 320 señala que “El Estado debe promover y defender la estabilidad económica, evitar la vulnerabilidad de la economía y velar por la estabilidad monetaria y de precios, para asegurar el bienestar social”.
La ilusión monetaria
Por su parte, los sindicatos deben comprender que no tienen sentido aumentos de salarios que se vuelven sal y agua con la inflación. Aunque monetariamente se gane más, realmente se puede comprar menos. Una inflación mayor que el incremento salarial es uno de los factores que explica la redistribución regresiva del ingreso. Cuando los precios suben, los salarios no lo hacen de inmediato. Los trabajadores tienen que esperar cada 1° de Mayo o hasta la nueva contratación colectiva (en promedio cada dos años) para que se produzca una nueva compensación salarial. El factor trabajo reacciona con retraso y cuando por fin logra una compensación salarial ya ha sido despojado de buena parte de su ingreso por los factores que manipulan los precios. El ajuste salarial, además de ser tardío, no compensa toda la pérdida del poder adquisitivo. Al ser menor el aumento de los sueldos en comparación con la inflación, se produce una transferencia neta del ingreso de los trabajadores que viven de un sueldo fijo a favor del factor capital. En esas circunstancias es preferible que no suban los sueldos pero que paren la inflación.
Indexar aumentos a la productividad
El incremento de los salarios en Venezuela se ha sustentado en la distribución de la renta petrolera. Como parte del Pacto Antiinflacionario, el incremento salarial debería ir en correspondencia con el aumento de la productividad que, en el caso de la economía venezolana, está muy por debajo del promedio de América Latina. Superar este rezago requiere la incorporación de los trabajadores en las deliberaciones de la CEP para que aseguren su justa participación en la distribución de los beneficios que se deriven de la transformación de la economía rentista e importadora en un nuevo modelo productivo exportador.

viernes, 2 de mayo de 2014

Propuesta 5 a la CEP: Unificar múltiples tasas de cambio en una sola tasa flotante entre bandas


Por. Víctor Álvarez R.

La existencia de varios tipos de cambio es un incentivo perverso para comprar dólares baratos y luego venderlos caros. Largas e interminables colas se hacen en las agencias de Conviasa para viajar al extranjero y gastar el cupo de la TDC, el cual será pagado luego con la reventa al cambio paralelo de los $ 500 en efectivo y de los retiros en cajeros automáticos del país visitado.

Un régimen con múltiples tasas de cambio alienta la especulación de quienes tienen acceso al dólar preferencial y luego fijan el PVP con base en un dólar más caro. Esta práctica ha reaparecido toda vez que el propio gobierno ha anunciado que continuará la migración de rubros de Cencoex a Sicad I. Ante la incertidumbre de no saber a cuál tasa de cambio se hará la reposición de inventarios, los agentes económicos se anticipan y -aunque hayan recibido divisas a 6.30 Bs/$-, calculan el PVP con base en Sicad I, II o dólar paralelo.

La sobrefacturación de importaciones y la invención de deudas nunca contraídas son otra manera de echarle mano a los dólares preferenciales. Algunos exportadores han planteado que se les autorice a vender todo su ingreso en divisas en el Sicad II, lo cual sería otro negocio propio de la cultura rentista, basado en tramitar dólares baratos en Cencoex para adquirir partes y piezas que serán luego ensambladas y exportadas, o alimentos y bebidas al granel que son empaquetados y envasados para ser vendidos en los países vecinos, y cuyo ingreso en divisas sería vendido ocho veces más caro a la tasa del Sicad II. A los exportadores se les debería autorizar a vender en el Sicad II únicamente el equivalente al valor agregado que generen. Las divisas obtenidas a través de Cencoex o Sicad I deben ser reintegradas al mismo precio al que las compraron.

Sin precios justos ni Sundde

La labor que pueda realizar la Sundde para fijar precios justos para consumidores y productores quedará prácticamente anulada cada vez que se deslice un rubro de Cencoex a Sicad I. Se perderá todo el trabajo de análisis de la estructura de costos realizado para calcular un precio justo, y la Superintendencia seguramente colapsará al tener que hacer innumerables revisiones de los costos para actualizar los precios.

Mientras coexistan tantas tasas de cambio se mantendrán los incentivos a la especulación cambiaria y la corrupción. Solo a través de la unificación cambiaria se erradicarán las perversas prácticas de tramitar dólares de Cencoex para fijar el PVP con base en un dólar más caro; sobrefacturar importaciones para obtener más divisas que las mercancías que realmente ingresan al país; inventar deudas para capturar dólares preferenciales; y, eliminar a los traficantes de cupos de TDC y compras por internet que no dejan de inventar nuevas y asombrosas modalidades para defraudar a la Nación.

Unificar la tasa de cambio

La solución no está en eliminar el control de cambios sino en abandonar el anclaje cambiario y los múltiples tipos de cambio, en función de fijar una sola tasa de cambio fluctuante, pero controlada entre dos bandas bajo el estricto seguimiento del BCV. Con el fin de sustituir por producción nacional el enorme volumen de importaciones que actualmente se realiza con una tasa de cambio sobrevaluada y barata, esta nueva tasa de cambio deberá expresar la verdadera productividad de la agricultura e industria, así como respaldar la competitividad cambiaria de las exportaciones no petroleras a fin de generar nuevas fuentes de ingresos en divisas.

El uso de la política cambiaria como instrumento de política antiinflacionaria está totalmente agotado. Así lo demuestra el 56,2 % de inflación del año 2013 y el 10,1% acumulado en el primer trimestre de 2014. En adelante, la política cambiaria deberá priorizar la transformación estructural de la economía rentista e importadora en un nuevo modelo productivo exportador. Es hora de entender que el principal castigo al esfuerzo productivo nacional lo impone la sobrevaluación de la tasa de cambio, toda vez que esta se traduce en un subsidio a las importaciones que se hacen con un dólar barato, con lo cual se frena y desplaza la producción agrícola e industrial.

Flotación libre con bandas

A través de un sistema de flotación libre con bandas será factible armonizar el objetivo de estabilizar los precios con los objetivos de estimular la actividad productiva nacional, respaldar las exportaciones no petroleras, promover el turismo internacional, estimular la inversión extranjera y repatriar los capitales de origen venezolano que se encuentran depositados en la banca internacional. Así se podrá evolucionar de una política cambiaria que estimula una demanda voraz de la renta petrolera, hacia una nueva política que estimule una creciente oferta de divisas no petroleras.
Cuando el incremento en la oferta total de divisas abarate el dólar y amenace con romper la banda inferior, para evitar que se perjudiquen las exportaciones no petroleras, la inversión extranjera y el turismo internacional, el BCV intervendrá comprando el exceso de divisas. Pero ante una eventual escasez de divisas, para evitar que el ascenso de la tasa de cambio amenace con perforar la banda superior, encarecer el componente importado y dar al traste con la estabilización de los precios, el BCV intervendría para inyectar el monto de divisas  que haga falta y así mantener bajo control el impacto en los costos de la fluctuación de la tasa de cambio.

viernes, 25 de abril de 2014

Propuesta 4 a la CEP: sincerar precio de la gasolina e invertir ganancias en mejorar transporte público

Víctor Álvarez R.

En Venezuela, el precio de la gasolina se ha convertido en un tema tabú, manteniendo así un pernicioso subsidio que genera un consumo irracional y despilfarrador. Mientras en EE.UU., Unión Europea y Japón el precio del combustible  no baja de $ 3,90 el galón de 3,78 litros, en Venezuela  la gasolina de 95 octanos se vende a 0,097 Bs/litro, menos de 2 centavos de dólar por litro. Una botellita de agua mineral cuesta 500 veces más que un litro de gasolina.
En aquellos países, llenar un tanque de 60 litros sale en más de 60 dólares, mientras que en Venezuela solo vale 5,80 bolívares, menos de un dólar a la tasa de cambio oficial de 6.30 Bs/$. Si se va a la estación de servicio una vez a la semana, esto significa un subsidio aproximado de $ 60 dólares, que multiplicado por 52 semanas representa un subsidio de $ 3.120 que anualmente recibe cada propietario de vehículo. Si multiplicamos este monto por los 4 millones de vehículos particulares y de alquiler que circulan en el territorio nacional, resulta ser que anualmente se destinan $ 12 mil 480 millones a subsidiar a la minoría que tiene carro propio, mientras que la mayoría que se ve obligada a trasladarse en un sistema de transporte público cada vez más deficiente, no se beneficia para nada de semejante subsidio.
El contrabando de extracción
En Colombia, el galón de 3,78 litros cuesta 8.600 pesos; o sea, 2.275 pesos por litro. Con base en una tasa de cambio 1.900 pesos por dólar y 6.30 Bs/$, un bolívar equivale a 301,6 pesos. Si dividimos 2.275 pesos que cuesta el litro entre esta tasa de cambio de 301,6 bolívares por peso, esto significa que un litro de gasolina que se compra en Venezuela a 0.097, en Colombia equivale a Bs. 7,5. A la actual tasa de cambio oficial, en Colombia un litro de gasolina cuesta 78 veces más. Dicho de otra forma, el litro de gasolina que en Colombia cuesta 2.275 pesos, en Venezuela cuesta solo 29 pesos, y esto se traduce en un enorme estímulo para que los vehículos colombianos crucen  la frontera y llenen el tanque de gasolina en las estaciones de servicio venezolanas. En efecto, llenar un tanque de 80 litros de 95 octanos por apenas 2.320 pesos (lo que cuesta un solo litro en Colombia) para luego revenderlo por 182.000 es un negocio muy lucrativo que incentiva el contrabando de extracción. Con un viaje diario de lunes a viernes cualquiera obtiene un ingreso aproximado de $ 500 a la semana y $ 2.000 al mes. Esto sin considerar los vehículos de las redes de contrabandistas que han sido acondicionados con tanques con capacidad de 250 litros y más.
Ante semejante diferencial de precios, cualquier control o medida represiva que se tome con la intención de combatir el contrabando de extracción, siempre será insuficiente. La solución no está en más alcabalas y controles sino en erradicar el principal estímulo a tales prácticas perversas e ilegales. Sincerar el precio de la gasolina, sin que esto signifique llevarlo al precio internacional, permitirá reducir este enorme diferencial, que es la principal causa del contrabando de extracción. 
¿A quién beneficia el subsidio?
El subsidio a la gasolina es una medida que aparentemente favorece a los que menos tienen, pero en realidad causa una redistribución regresiva del ingreso que solo beneficia a los que más tienen. Cuando se destinan cuantiosos recursos públicos para subsidios indirectos que benefician a pobres y ricos por igual, se comete una injusticia redistributiva, ya que los más pudientes que pueden comprarse uno o varios carros no necesitan que se les subsidie nada, mientras que los más pobres que no tienen carro propio y se ven obligados a trasladarse en un precario sistema de transporte público, no se benefician de este subsidio.
En un Informe sobre “Perspectivas energéticas mundiales”, la Agencia Internacional de Energía y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico estiman que Venezuela subsidia el 75,3% del costo de la gasolina. Si comparamos el precio de venta en el mercado interno con el precio de exportación, el subsidio es de $ 11.834 millones anuales. Pero si la comparación se hace con los precios internacionales (que es mayor que el precio de exportación) el subsidio sube a $ 15.700 millones, equivalentes a 6,9% del PIB. Ambas cifras son superiores a las transferencias de PDVSA a las misiones sociales.
Si se sincera el precio de la gasolina con base en el precio al que se exporta -que es menor al precio internacional-, aún se estaría vendiendo la gasolina a precios por debajo del que se vende en la mayoría de países, pero cada año se obtendrían cerca $ 11.834 millones en ingresos adicionales, que bien pudieran ser reorientados a la Misión Vivienda, a la construcción de hospitales, o a la ampliación del sistema de transporte público, el cual es utilizado justamente por las personas de menores recursos que no tienen como adquirir un vehículo propio. Esto si sería una verdadera medida de justicia redistributiva, toda vez que el ajuste del precio lo pagarían quienes más tienen, aportando ingresos fiscales adicionales para ser invertidos en la ampliación y modernización de la flota de transporte público y en el financiamiento de otros programas de interés social. @victoralvarezr

La industrialización socialista


Por: Víctor Álvarez R.

Hace unos días el presidente Nicolás Maduro pidió a sus colaboradores dejar de lado los gamelotes mentales y trabajar unido con el empresariado privado, a fin de fortalecer una economía mixta en todos los campos, sin que esto signifique que el gobierno se va a convertir en un instrumento de los empresarios, ni mucho menos olvidar que su prioridad son los trabajadores que viven de un ingreso fijo. Ni absolutismo de Estado ni fundamentalismo de mercado pueden ser los extremos en los que se debata el reimpulso a la economía. La idea de una ausencia total de intervención estatal es una con­cepción tan absurda como la de concebir una socie­dad donde la iniciativa privada no tenga cabida.

La industrialización es un componente fundamental de una política económica orientada a la soberanía alimentaria y productiva. Los problemas relacionados con la liquidación de divisas que restringen la capacidad de importación, deben ser vistos como una gran oportunidad para relanzar el desarrollo industrial. Al satisfacer la demanda interna con producción nacional se evita que los ajustes en el tipo de cambio -que encarecen el componente importado y repercuten en la estructura de costos-, desborden las presiones inflacionarias. Esto requiere un adecuado manejo de la política macroeconómica y microeconómica, comenzando por la fijación de un tipo de cambio que exprese la verdadera productividad de la economía no petrolera; una política arancelaria y fiscal que desaliente las importaciones y favorezca la producción nacional y las exportaciones; así como incentivos fiscales y financieros para la inversión productiva y el fortalecimiento de las capacidades tecnológicas e innovativas.

La industrialización socialista no puede ser un asunto que dependa solo del Estado, ni tampoco puede dejarse a merced de las fuerzas ciegas del mercado. Tiene que ser un proceso planificado para concentrar el poder de los incentivos públicos en los sectores clave y asegurar el rápido crecimiento de las capacidades industriales y tecnológicas necesarias para transformar materias primas e insumos básicos en los productos destinados a satisfacer las necesidades de la población. El sector privado no le debe temer a la industrialización socialista porque reposa en un conjunto de principios que no son antagónicos con la lógica empresarial privada. Se trata de sustituir importaciones, diversificar las exportaciones, lograr la soberanía productiva, democratizar el capital, impulsar nuevas formas de propiedad social, aumentar la inclusión social, mejorar la distribución de la riqueza, preservar el ambiente y contribuir al desarrollo equilibrado de las regiones. Esto implica asegurar:

·         Un crecimiento de la industria mayor que el del PIB: la industria como fuerza motriz que impulsa el desarrollo integral.

·         Un crecimiento de la producción industrial superior al crecimiento de la demanda agregada interna.

·         Inversión extranjera para la transferencia tecnológica, formación de talento humano, asistencia técnica e industrialización local.

Sin lugar a dudas, la industrialización socialista es un gran reto que el país tiene plateado para superar los problemas de desabastecimiento, escasez, acaparamiento y especulación que tanto malestar generan en la población.  @victoralvarezr

Invitación Foro CELARG: ¿Qué pasaría en Venezuela si se aumenta el precio de la gasolina?


Foro-debate: ¿qué pasaría en Venezuela si se aumenta el precio de la gasolina?

Argumentos para sincerar el precio del combustible

 

Fecha: Martes 29 de abril

Hora: 5.00 pm. 

Lugar: Centro de Estudios Rómulo Gallegos, CELARG. Piso 6. Sala 6C

El subsidio a la gasolina es una medida que aparentemente favorece a los que menos tienen pero que, en realidad, facilita una distribución regresiva del ingreso que solo beneficia a los que más tienen y perjudica a los más humildes.

El bajo precio del combustible beneficia sobre todo a las familias que tienen dos, tres o más vehículos; mientras que los que no tienen carro se ven obligados a trasladarse en un sistema de transporte público todavía muy deficiente.

Con el fin de debatir las ventajas y desventajas de mantener el precio de la gasolina congelado, invitamos a todas y todos los interesados al Foro-debate: ¿qué pasaría en Venezuela si se aumenta el precio de la gasolina? organizado por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), el Centro Internacional Miranda (CIM), la Asociación Nacional de Redes  Organizaciones Sociales (ANROS) y la Fundación Rosa Luxemburg (FRL).

Se plantea debatir sobre la viabilidad y conveniencia de ajustar a la realidad  y gradualmente el precio del combustible. Profundizar en cuáles son los costos de producción, en qué se podría emplear el excedente, y qué alternativas habría para articular estos cambios al impulso de una nueva economía comunal.

Ponente

Econ. Víctor Álvarez R. Investigador del CIM, Premio Nacional de Ciencia 2013.

¿La decisión en manos del pueblo? Elementos a tener en cuenta en el debate sobre el aumento del precio de la gasolina.

Comentan:

Diputado German Ferrer, Coordinador Nacional de ANROS

Ana Elisa Osorio, Diputada al Parlamento Latinoamericano por el PSUV. Ex Ministra de Ambiente. Ecologista

Modera

Alexandra Martínez, Coordinadora Fundación Rosa Luxemburg Venezuela

¿Qué pasaría en Venezuela si se aumenta el precio de la gasolina?


Por: Víctor Álvarez R.
Tabla de contenido 















 

Introducción

La concentración de dióxido de carbono CO2 en la atmósfera es causa del calentamiento global, fenómeno que está generando efectos cada vez más peligrosos. Las emisiones de gases de efecto invernadero no se detienen y preocupan ya no solo a científicos y ambientalistas, sino también a un creciente número de gobernantes y habitantes del planeta, debido a los daños que provocan los desastres naturales que son consecuencia del calentamiento global.

La quema de carbón, petróleo y gas natural origina una dramática aceleración del aumento del CO2 en la atmósfera, la cual ha llegado a 400 partes por millón de moléculas en los registros de la estación atmosférica Mauna Loa, en Hawai, considerada el epicentro mundial para el estudio de los gases de efecto invernadero desde que comenzó a operar en 1958. A lo largo de la civilización, el dióxido de carbono ha estado en niveles de entre 180 a 280 partes por millón, pero en poco más de cien años la actividad del ser humano lo ha elevado a 400, cuando no se debería haber llegado a 350[1]. No hay ciclo natural en este planeta capaz de desatar un fenómeno tan peligroso en ese lapso de tiempo.

Adicionalmente, debido al aumento de la temperatura en el globo terráqueo, se prevé que en los próximos años los gases metano que se encuentran en los sedimentos superficiales de los océanos y bajo el hielo del ártico, se liberen y salgan a la atmósfera. Esas emisiones adicionales de gas podrían acelerar hasta cinco veces más el calentamiento global. Por estas razones, nuestra civilización se encuentra amenazada y en peligro de sufrir calamidades climáticas globales, sin que se observen señales de una reducción significativa de las emisiones que, al ritmo actual, provocarán desastres impredecibles en el mediano y largo plazo.

Como puede apreciarse en el siguiente cuadro, Venezuela es uno de los países de América Latina con un nivel de emisiones de CO2 por encima de países con mayor grado de industrialización, como Argentina, Brasil, México y Francia.

 
 
Emisiones de CO2
(toneladas métricas per cápita)
2008
2009
2010
Argentina
4,80
4,50
4,50
Brasil
2,00
1,90
2,20
Colombia
1,50
1,50
1,60
Cuba
2,70
2,60
3,40
Ecuador
2,00
2,10
2,20
España
7,20
6,30
5,90
Estados Unidos
18,60
17,30
17,60
Francia
5,80
5,50
5,60
Federación Rusa
12,10
11,10
12,20
Japón
9,50
8,60
9,20
Italia
7,50
6,70
6,70
México
4,10
3,80
3,80
Venezuela
6,60
6,50
6,90

Fuente: Banco Mundial

Basta un accidente en un campo petrolero o en una refinería para que se generen centenares de miles de toneladas de CO2 que dan al traste con buena parte de los esfuerzos de un país para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Estas catástrofes -que con frecuencia ocurren en torno a la actividad extractiva, especialmente la petrolera-, y aumentan la emanación de gases tóxicos a la atmósfera, tales como el propano y butano (además de las sustancias químicas derramadas en los suelos), causando un enorme daño, tal como se puede  apreciar con solo ver la siguiente fotografía:

Cronología | 10 años de incidentes en instalaciones de Pdvsa

Esa imagen corresponde a la tragedia ocurrida en la Refinería de Amuay, en Venezuela, el día viernes 24 de agosto de 2012, a las 23:57 horas, cuando se produjo un escape masivo de gas inflamable que se incendió y generó una onda expansiva, causando la pérdida de vidas humanas, graves heridos, daños materiales a las viviendas de muchas familias y a las propias instalaciones de la refinería. El accidente ocurrió cuando una fuga de olefinas en el área de almacenamiento de Gas Licuado de Petróleo (GLP) no se dispersó. La olefina es un hidrocarburo más pesado que el oxígeno y tiende a concentrarse como una neblina en el piso. En los primeros 10 segundos la nube de olefinas alcanzó una altura de siete metros y, al hacer contacto con una fuente de ignición, produjo una fuerte explosión y posterior incendio que se extendió a nueve tanques de almacenamiento de naftas y gasolinas, y una esfera de olefinas.

En el Informe Oficial se señala que la fuga de gas ocurrió de forma abrupta o provocada, y no accidental, lo cual reviste carácter de sabotaje. La explosión en la Refinería de Paraguaná generó 47 muertes, 135 lesionados, 3.400 viviendas afectadas en áreas aledañas, daños materiales en tanques de la refinería y 1.100 millones de dólares en pérdidas. La repercusión más inmediata y evidente en la salud de las personas es la ocasionada por la deposición de las partículas emitidas que, al contaminar el aire que se respira, ocasionan problemas respiratorios y cardiopatías, además de alterar los ciclos químicos y de nutrientes en los suelos y las aguas superficiales.

Las páginas siguientes están dedicadas a desmontar un tema tabú en Venezuela que, por no afrontarse y debatirse, genera un consumo irracional y despilfarrador de gasolina que no contribuye a reducir en mayor medida la emisión de gases de efecto invernadero y mantiene fuertes presiones para la extracción innecesaria de petróleo, con el consiguiente impacto ambiental, económico y social.

1.   La paradoja del modelo extractivista-rentista


Según los “Principales accidentes registrados en la última década en instalaciones de la industria petrolera 2012-2013”, el voraz incendio en la Refinería de Amuay no es el único que ha ocurrido en la historia del extractivismo petrolero en Venezuela, lo cual resulta muy ilustrativo para formarse una idea de los daños irreparables que es capaz de generar los frecuentes accidentes que ocurren en el curso de la actividad extractiva.

Ante las frecuentes pérdidas humanas, ambientales, materiales y financieras que provoca el modelo extractivista-rentista, lo lógico sería plantearse la superación de ese modelo contaminante y depredador. Sin embargo, tras el objetivo de captar una mayor renta petrolera para financiar el gasto público, los objetivos gubernamentales se orientan a la expansión de la  industria petrolera para llevarla de los 3 millones de barriles diarios que actualmente se extraen, a 6 millones en 2019[2]. Presionados por la urgencia de resolver los problemas sociales y de escasez, la cultura extractivista-rentista mantiene la inercia de exportar el mayor volumen de recursos naturales al mejor precio posible. Se impone así un modelo que anula otras opciones de recursos -tales como las fuentes alternas de energía o la agroecología-, prolongando los daños ambientales y sociales que ocasiona la actividad extractiva.

2.   Subsidio a la gasolina como expresión de la cultura extractivista-rentista


En un Informe sobre “Perspectivas energéticas mundiales”, la Agencia Internacional de Energía y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico estiman que Venezuela subsidia el 75,3% del costo de la gasolina, equivalente a $15.700 millones, 6,9% del PIB y $689,2 por persona[3].

Si comparamos el precio de venta en el mercado interno con el precio de exportación, el subsidio es de $ 11.834 millones anuales. Pero si la comparación se hace con los precios internacionales (que es mayor que el precio de exportación) el subsidio sube a $ 15.700 millones, cifra superior a las transferencias de PDVSA a las misiones sociales.

Subsidio a la gasolina años 2007-2011

(en MM $)

INDICADORES
2007
2008
2009
2010
2011
Subsidio por costo ($)
-108
-439
-341
-488
-750
Subsidio X Ingreso ($)
-5.839
-8.402
-5.353
-7.805
-11.834

Fuente: Balances financieros de PDVSA, PODE varios años, BCV, cálculos propios

Y si comparamos el monto del subsidio solamente para cubrir los costos de producción, sin contar el subsidio a los transportistas y gasolineras, el monto llega a $ 750 millones anuales, equivalente al 15,20 % de la utilidad neta de PDVSA. En cualquier caso, estamos hablando de montos extraordinariamente altos que pudieran ser reorientados a atender necesidades sociales insatisfechas, tales como el transporte público o viviendas. 

Subsidio a la gasolina

$ MM

INDICADORES
2008
2009
2010
2011
Utilidad de PDVSA (Millones de $)
9.413
4.498
3.202
4.945
Subsidio X Costo (Millones de $)
439
341
488
750
Relación Subsidio/Utilidad Neta
4,70%
7,60%
15,30%
15,20%

Fuente: Balances Financieros de PDVSA y cálculos propios

3.   ¿Cuánto cuesta la gasolina en Venezuela?


Mientras en EE.UU., Unión Europea y Japón el precio de la gasolina no baja de $ 3,90 el galón de 3,78 litros, en Venezuela la  gasolina de 91 octanos se vende a 0,07 Bs/litro y la de 95 octanos a 0,097 Bs/litro. Esto es menos de 2 centavos de dólar por litro. Una botellita de agua mineral cuesta 100 veces más que un litro de gasolina.

En aquellos países, llenar un tanque de 60 litros cuesta más de 60 dólares, mientras que en Venezuela solo vale 5,80 bolívares, menos de un dólar a la tasa de cambio oficial de 6.30 Bs/$. Si se va a la estación de servicio una vez a la semana, esto significa un subsidio aproximado de $ 60 dólares, que multiplicado por 52 semanas representa un subsidio de $ 3.120 por vehículo al año. Si multiplicamos este monto por los 4 millones de vehículos particulares y de alquiler (Ver cuadro) que circulan en el territorio nacional, resulta ser que anualmente se destinan 12 mil 480 millones de dólares a subsidiar un consumo de gasolina cada vez más irracional.

Pero no se trata de vender la gasolina al precio internacional, sino de debatir las consecuencias de un escandaloso subsidio que estimula el despilfarro del combustible, contribuye a incrementar la emisión de gases de efecto invernadero y a colapsar el tráfico en todas las ciudades. Sobre esta base podremos identificar mejores argumentos que contribuyan a sincerar el precio de la gasolina, no solo para cubrir los costos de producción y mejorar las cuentas de PDVSA, sino también para aliviar las presiones de extraer más petróleo destinado a satisfacer un consumo a todas luces irracional y derrochador, propiciando así la transición a un modelo post-extractivista.

Precios del combustible
(US$ por litro)
 
2008
2010
2012
Argentina
0,78
0,96
1,46
Brasil
1,26
1,58
1,39
Colombia
1,04
1,41
1,28
Cuba
1,67
1,72
1,40
Ecuador
0,51
0,53
0,58
España
1,23
1,56
1,75
EE.UU.
0,56
0,76
0,97
Francia
1,52
1,98
1,91
Rusia
0,89
0,84
0,99
Italia
1,57
1,87
2,28
Japón
1,42
1,60
2,00
México
0,74
0,81
0,86
Venezuela
0,02
0,02
0,02

Fuente: Banco Mundial

4.   ¿A quién beneficia el subsidio a la gasolina?


El subsidio a la gasolina es una medida que aparentemente favorece a los que menos tienen pero, en realidad, facilita una redistribución regresiva del ingreso que solo beneficia a los que más tienen. Cuando se destinan cuantiosos recursos públicos para subsidios indirectos que benefician a pobres y ricos por igual, se comete una injusticia redistributiva ya que los más pudientes no necesitan que se les subsidie nada. Las clases de mayores recursos tienen la capacidad económica suficiente para comprar uno o varios vehículos, mientras que los más pobres se ven obligados a trasladarse en un sistema de transporte público cada vez más deficiente.

Si se sincera el precio de la gasolina con base en el precio al que se exporta, que es menor al precio internacional, aún se estaría vendiendo la gasolina a precios por debajo del precio al que se vende en la mayoría de países, pero cada año se obtendrían cerca $ 11.834 millones en ingresos adicionales, los cuales bien pudieran ser invertidos en modernizar y ampliar el sistema de transporte público, el cual es utilizado justamente por las personas de menores recursos que no tienen como adquirir un vehículo.

Esto si sería una verdadera medida de justicia redistributiva, toda vez que el ajuste del precio de la gasolina lo pagarían quienes más tienen, aportando ingresos fiscales adicionales para ser invertidos en la ampliación y modernización de la flota de transporte público y en el financiamiento de otros programas de interés social.

5.   Subsidiar la gasolina es reaccionario y antipopular


En el imaginario venezolano está muy arraigada la idea de vivir en un país rico que cuenta con las mayores reservas de petróleo del mundo. Por eso considera natural que el precio de la gasolina sea tan barato y lo asume como un derecho adquirido. Sin embargo, se trata de un subsidio regresivo que, como se ha demostrado, favorece sobre todo a los propietarios de vehículos de alta cilindrada con alto consumo de gasolina, mientras que los más pobres que no tienen carro no se benefician del subsidio. 

Las misiones sociales han sido la estrategia del Gobierno para luchar contra el desempleo, la pobreza y la exclusión social.  A través de transferencias directas,  PDVSA apoya a casi todas las misiones sociales y programas de desarrollo social que ejecuta el Gobierno. De los 28 millones de venezolanos, el Estado favorece con un subsidio regresivo a la minoría con mayor poder adquisitivo, pues distribuye cerca de 12 mil millones de dólares a los propietarios de 3 millones.635 mil vehículos particulares -a razón de $ 3.120 por vehículo-, mientras que a 25 millones de personas que no poseen vehículo, distribuye 20 mil 549 millones de dólares, lo que equivale a 821,96 dólares p/c anuales.[4]

Parque automotor en circulación, según tipo , 2000-2012

Tipo de Vehículo
2005
2006
2007
2008
2009
2010
2011
Total
3.769
3.851
4.380
5.219
4.812
4.946
5.016
Particular
2.399
2.589
2.940
3.425
3.487
3.584
3.635
Alquiler/1
259
280
304
401
334
343
348
Carga
586
632
759
956
907
932
946
Colectivos 2/
35
38
41
33
47
49
49
Motocicletas
245
313
336
404
37
38
38

 Fuente: INE

De allí que el subsidio a la gasolina se esté convirtiendo en una medida reaccionaria y antipopular que empieza a provocar un creciente malestar e indignación en los sectores de menores ingresos que no sienten el beneficio de semejante subsidio. Desde las bases populares se empieza a plantear la necesidad de sincerar el precio del combustible para redistribuir ese ingreso desde los sectores que más carros tienen, hacia los sectores que no tienen un vehículo propio. Están cada vez más conscientes de que el bajo precio del combustible beneficia sobre todo a las familias que tienen dos, tres o más vehículos; mientras que los que no tienen carro se ven obligados a desplazarse en autobús o metro y, por lo tanto, en nada se benefician de una gasolina irracionalmente barata.

No se trata de subir el precio al nivel internacional ni de aplicar aumentos de forma brusca y torpe que provoquen malestar y protestas populares. Se trata de sincerar gradualmente el precio del combustible para desestimular su despilfarro, reducir la emisión de gases de efecto invernadero, bajar la presión para extraer más petróleo, cubrir los costos de producción de PDVSA y generar un excedente destinado a modernizar la flota de transporte público que ayude a mejorar las precarias condiciones en las que viajan quienes no poseen vehículo. Eso sería mucho más progresista, justo y equitativo. 

6.   El costo fiscal del subsidio a la gasolina


En la Asamblea Nacional se plantea discutir una propuesta de reforma fiscal para aumentar la recaudación de impuestos. Las actuales restricciones presupuestarias que confronta el gobierno nacional hacen propicia la ocasión para debatir sobre las gratuidades y subsidios indebidos que ejercen una fuerte presión sobre el déficit fiscal y, por lo tanto, deberían ser revisados y rectificados con el fin de evolucionar de la actual cultura rentista hacia una nueva cultura tributaria.

Si en Venezuela se quiere superar la cultura rentista, que celebra la eliminación de los peajes, el subsidio a la gasolina, al gas, a la electricidad, al agua y siempre espera que todo lo pague el petróleo, el país tiene que evolucionar hacia una nueva cultura tributaria y estar conscientes de la necesidad de transformar esos subsidios regresivos en impuestos progresivos que faciliten una distribución progresiva y más equitativa de la riqueza.

Para cerrar el déficit fiscal el gobierno puede apelar al camino largo de la reforma tributaria y el perfeccionamiento de los mecanismos de recaudación, o irse por la vía corta de la devaluación con fines fiscales, tal como lo ha hecho en otras ocasiones. La devaluación le posibilita al fisco obtener en el acto más bolívares al vender el ingreso petrolero (más de $ 95.000 millones en 2012) no a 6.30 Bs/$ sino al doble, tal como lo está haciendo en las subastas de divisas. No olvidemos que la principal fuente de ingresos fiscales sigue siendo el ingreso fiscal de origen petrolero. El Petróleo se vende en el mercado internacional en dólares y luego esos dólares se convierten en bolívares, a 6.30 Bs/$ según la tasa oficial y a 12 o más en las subastas del Sistema Complementario de Administración de Divisas (SICAD). Al ser el Estado venezolano el perceptor del 95% ó más del ingreso en divisas, esa situación provoca que cualquier medida que se adopte de vender los dólares más caros, se traduce de inmediato en una transferencia de recursos del resto de la sociedad que tiene bolívares, a favor del Estado que es el dueño del 95 % de los dólares.

Cualquier medida de devaluación opera entonces como un impuesto cambiario que nutre e inyecta ingresos fiscales adicionales. De hecho, cuando empeora el déficit fiscal como porcentaje del PIB, cuando cae el precio del petróleo y se derrumba el ingreso fiscal de origen petrolero, cuando se contrae la economía y se  recauda menos IVA e ISR, se suele apelar a la devaluación como un impuesto cambiario que permite conjurar los problemas de flujo de caja en la Tesorería Nacional, y así poder mantener al día el pago de nómina, contratistas, proveedores, misiones sociales, etc. Por lo tanto, en la necesidad de generar más ingresos fiscales para reducir el déficit y sostener el creciente nivel de gasto público subyace una de las razones de más peso a la hora de tomar la decisión de devaluar.

Entre 1998-2012 el Índice Nacional de Precios al Consumidor se incrementó 1.270%, los costos de extracción del barril de petróleo se elevaron 111% y los del barril de gasolina 163%; sin embargo, el precio interno de este combustible se ha mantenido constante, lo cual implica pérdidas millonarias para PDVSA. Por lo tanto, en un contexto de restricciones fiscales y presupuestarias, mantener un subsidio de $ 750 millones para poder cubrir los costos de producción de la gasolina, o dejar de percibir más de $ 11.000 millones al vender la gasolina en el mercado interno por debajo del precio de exportación, se hace cada vez más inviable y puede tener un costo político muy elevado, toda vez que se desvían cuantiosos recursos que bien pudieran ser destinados a atender los urgentes problemas sociales que aún están pendientes.  

7.   ¿Devaluar el bolívar o aumentar la gasolina?


Sin embargo, en un país donde casi todo los años hay una elección de concejales, alcaldes, gobernadores, diputados a presidente, el costo político de devaluar puede ser muy alto. Tomando en cuenta que todo gobierno es un actor político que busca minimizar las pérdidas y maximizar las ganancias por cada decisión que tome, calculadas en términos de popularidad, elecciones ganadas, porcentaje de votos con los que se triunfa, etc., en un año electoral, el gobierno escogerá entre devaluar o aumentar el precio de la gasolina para cerrar el déficit fiscal, según lo que indique su análisis de costo-beneficio político

Por los antecedentes que explicaremos más adelante, tanto la devaluación como el aumento del precio de la gasolina parecieran ser medidas políticamente incorrectas, en vísperas de las elecciones municipales previstas para el 8 de diciembre de 2013. Se asume que el costo en votos de cualquiera de las dos medidas puede ser muy alto, y a pesar de que pueden generar abundantes recursos para financiar la gestión municipal y el fortalecimiento del poder comunal, la dirigencia política evade este tema y ni siquiera se discuten sus ventajas y desventajas como parte del debate electoral.

Al monopolizar las decisiones sobre el anclaje cambiario y el subsidio a la gasolina, en lugar de consultar al pueblo y dejar que sea él quien decida, cualquier ajuste que se haga termina siendo interpretado como un fracaso del gobierno. Pero en una democracia participativa y protagónica como la que en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se plantea construir, esta decisión debería ser sometida a referendo consultivo -tal como lo establece el artículo 71 de la Constitución-, para que sea la ciudadanía la que se pronuncie y decida, y así se cumpla el principio de “un gobierno que manda obedeciendo la voluntad del pueblo”.

8.   Los costos del contrabando de extracción


En Colombia, el galón de 3,78 litros cuesta 8.600 pesos; o sea, 2.275 pesos por litro. Con base en una tasa de cambio 1.900 pesos por dólar y 6.30 Bs/$, un bolívar equivale a 301,6 pesos. Si dividimos 2.275 pesos que cuesta el litro entre esta tasa de cambio de 301,6 bolívares por peso, esto significa que un litro de gasolina que se compra en Venezuela a 0.097, en Colombia equivale a Bs. 7,5. En otras palabras, a la tasa de cambio oficial, en Colombia un litro de gasolina cuesta 78 veces más. Dicho de otra forma, el litro de gasolina que en Colombia cuesta 2.275 pesos, en Venezuela cuesta solo 29 pesos, y esto se traduce en un enorme estímulo para que los vehículos colombianos crucen  la frontera y llenen el tanque de gasolina en las estaciones de servicio venezolanas. En efecto, llenar un tanque de 80 litros de 95 octanos por apenas 2.320 pesos (lo que cuesta un solo litro en Colombia) para luego revenderlo por 182.000 es un negocio muy lucrativo que incentiva el contrabando de extracción. Con un viaje diario de lunes a viernes cualquiera obtiene un ingreso aproximado de $ 500 a la semana y $ 2.000 al mes. Esto sin considerar los vehículos de las redes de contrabandistas que han sido acondicionados con tanques con capacidad de 250 litros y más.

Ante semejante diferencial de precios, cualquier control o medida represiva que se tome con la intención de combatir el contrabando de extracción, siempre será insuficiente. La solución no está en más alcabalas y controles sino en erradicar el principal estímulo a tales prácticas perversas e ilegales. Sincerar el precio de la gasolina, sin que esto signifique llevarlo al precio internacional, permitirá reducir este enorme diferencial, que es la principal causa del contrabando de extracción. 

Venezuela procesa 330.000 barriles diarios de gasolina y se estima que hacia Colombia sale el equivalente a 25.000 barriles diarios, a través del contrabando en pequeños barriles y camiones-cisterna. A un precio de $ 90 por barril, la perdida por el contrabando de extracción supera los $ 800 millones anuales. Es tan elevada la salida ilegal del combustible que se han dejado de exportar gasolina para consumirla en el mercado interno. La producción nacional ya no alcanza y se mantiene una creciente presión para importar componentes y satisfacer semejante demanda.

En el caso de la gasolina subyace la misma lógica que explica la ninfomanía del dólar. El precio oficial se mantiene anclado por varios años, mientras que el  precio que se forma en el mercado se va alejando de la cotización oficial. El dólar de CENCOEX, e incluso el de las subastas del SICAD, resultan muy baratos en comparación con el precio que la gente está dispuesta a pagar por la divisa en el mercado paralelo. Semejante brecha entre uno y otro precio es lo que estimula una insaciable demanda de las divisas subsidiadas a la tasa de cambio oficial.

Los problemas relacionados con el contrabando de gasolina y la especulación con las divisas no se debe a fallos del mercado, sino a fallas de las decisiones gubernamentales que han optado por congelar el precio de la gasolina y mantener anclada la tasa oficial de cambio, en un contexto inflacionario.

La cura de la ninfomanía del dólar y la solución al contrabando de extracción no dependen de la mano invisible del mercado, sino de la mano que firma la decisión gubernamental para sincerar tanto el precio de la gasolina como el precio del dólar. La reciente crisis económica mundial dejó claro los estragos que causan las fuerzas ciegas del mercado cuando se dejan sin regulación ni control, pero también las regulaciones arbitrarias y rígidas han demostrado el terrible daño que le hace a la economía y el bienestar de una Nación el desconocimiento e incomprensión de las leyes que rigen las decisiones económicas, no solo de los grandes grupos económicos y corporaciones transnacionales, sino también de los ciudadanos de a pie.

9.   Reconversión a gas


En Venezuela el discurso oficial cuestiona el consumo exagerado de energía en el mundo, principalmente por parte de los países industrializados, al cual le atribuye el calentamiento global y el acelerado proceso de deterioro ambiental que amenaza la supervivencia de la humanidad y de la vida en nuestro planeta. Desde el gobierno se plantea que el cambio climático y sus arrasadores impactos son provocados por un sistema de producción y consumo esencialmente depredador. Paradójicamente, Venezuela no es solo uno de los principales productores mundiales de hidrocarburos, sino el país con la gasolina más barata del mundo, lo cual estimula un consumo irracional del combustible que agrava la emisión de gases de efecto invernadero. Esta realidad está en abierta contradicción con la “Misión Revolución Energética” que impulsa el Gobierno Bolivariano de Venezuela, toda vez que el pernicioso subsidio a la gasolina dificulta la transición hacia un nuevo modelo social basado en el uso consciente, eficiente y  responsable de la energía. El bajo precio de los combustibles lo que hace es estimular las conductas derrochadoras y altamente contaminantes.

La Misión Revolución Energética[5]  fue lanzada el 17 de Noviembre de 2006, por el Presidente Chávez, con el fin de contribuir a preservar el planeta a través de medidas que contribuyeran a racionalizar la generación, distribución y consumo de energía derivada de los combustibles fósiles. Esto requiere elevar la conciencia ambientalista de la ciudadanía, propósito para el que en nada contribuye el escandaloso subsidio a la gasolina.

Un esfuerzo infructuoso lo encontramos en el Proyecto Autogas[6]. Esta iniciativa forma parte de la Misión Revolución Energética y se basa en la construcción de estaciones de servicio con despacho de Gas Natural Vehicular (GNV) para facilitar la reconversión del parque automotor que funciona con gasolina al sistema de GNV. Pero en Venezuela es tan barato el precio de la gasolina que no hay mayor incentivo económico para sustituirla por el gas, y esto impide avanzar hacia un nuevo modelo que contribuya a disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero que agravan el problema del calentamiento global. La infraestructura de abastecimiento de GNV será cada vez más utilizada a medida que el fortalecimiento de la conciencia ambientalista se complemente con la corrección de un precio de los combustibles que propicia su despilfarro y derroche.

Aunado al irracional consumo que genera el bajo precio de la gasolina, las prolongadas sequías detonaron la crisis del sistema de generación de hidroelectricidad, cuestión que afectó la sustitución de plantas generadoras que funcionan con diésel. Mientras el costo de generación en las plantas termoeléctricas sigan siendo más bajo que otras alternativas, en la lógica economicista dominante se seguirá imponiendo la alternativa más barata y se afectará también la fabricación e instalación de equipos para la generación de electricidad a través de fuentes alternativas de energía como la eólica y la solar.

Venezuela posee una posición privilegiada en cuanto a sus reservas probadas de gas que la ubican en el  primer  lugar en Latinoamérica y en el séptimo a nivel mundial. Se trata de un gas natural menos contaminante y de bajo costo de producción, que representa una opción más económica que los combustibles líquidos, siempre y cuando se sincere el precio de la gasolina. De masificarse su demanda, se podría reducir significativamente la extracción de más de 700 mil barriles diarios de petróleo que se destinan al consumo interno.

Vale decir aquí, que el alto consumo nacional resta cada vez más volumen a las exportaciones de productos derivados, las cuales cayeron de $ 226 mil barriles diarios en 1998 a solo 40 mil barriles en 2012, revitalizando así el modelo extractivista basado en la exportación de recursos naturales y energéticos sin valor agregado. La caída de las exportaciones de gasolina se acentuó debido a que -para paliar la crisis energética-, Pdvsa destinó mayor cantidad de combustibles para generar electricidad en las nuevas plantas termoeléctricas.

Sincerar el precio de la gasolina pasa por una intensa campaña educativa y concientizadora que permita a la ciudadanía comprender en toda su magnitud los efectos de la contaminación atmosférica en la salud y la vida en el planeta y, sobre esta base, promover la reconversión de gasolina a gas del parque automotor. Pero mientras la gasolina se mantenga tan barata no habrá ningún estímulo para sustituirla por gas y, por el contrario, estimula un consumo irracional. Un ajuste del precio plantearía la necesidad y conveniencia de reconvertir a gas el parque automotor, a fin de racionalizar el consumo, reducir costos de transporte y contar con un ambiente menos contaminado.

10.       ¿Qué pasaría si aumentan el precio de la gasolina?


Las protestas que estallaron en Brasil en el año 2013, a raíz del aumento de los pasajes del transporte público, han servido en Venezuela para recordar los terribles y trágicos sucesos del Caracazo en el año 1989, cuyo detonante fue precisamente el aumento de la gasolina y su impacto en el incremento de los pasajes. Desde entonces, buena parte de la actual dirigencia política está convencida de que cualquier incremento en el precio del combustible automáticamente desatará una protesta popular. Aun así, el gobierno de Rafael Caldera en el año 1996 aumentó el precio de la gasolina sin que se produjera ninguna protesta popular, en un contexto en el que los flagelos del desempleo, pobreza y exclusión social golpeaban duramente a la mayoría de la población.

La falsa creencia de que el Caracazo fue la consecuencia inmediata del aumento de la gasolina no toma en cuenta el contexto en el cual se produjo la insurrección popular del año 89, cuando el aumento de la gasolina fue el detonante más no la causa de las protestas. Recordemos que las mismas estallaron debido al creciente descontento por la aplicación de un severo programa de ajuste neoliberal, conformado por medidas antipopulares tales como: liberación de precios, aumento de las tasas de interés, eliminación del control de cambio con su impacto inflacionario, apertura a las importaciones que barrieron con el aparato productivo y privatización de empresas del Estado con la consiguiente reducción de nóminas y pérdida de millares de puestos de trabajo.

Actualmente, el contexto es radicalmente diferente. Los sectores más vulnerables de la población reciben el beneficio de la inversión social de la renta petrolera y están muy identificados con la Revolución Bolivariana. Por esta razón, atenderían masivamente el llamado del gobierno para participar en un referendo consultivo sobre el precio de la gasolina, sobre todo si se deja claro que un importante porcentaje del aumento se destinará a modernizar y ampliar el sistema de transporte público y a financiar los programas sociales y proyectos comunales. Si la decisión queda en manos del pueblo, no existe la más mínima probabilidad de que se produzca un segundo Caracazo

11.       Referendo consultivo para decidir el precio de la gasolina


Tras el falso supuesto de favorecer al pueblo al suministrarle la gasolina más barata del mundo, se esconde un subsidio reaccionario y antipopular que beneficia sobre todo a las clases de mayores ingresos, la cual consume toda la gasolina que no consume la población más pobre. En tales circunstancias, no se puede seguir posponiendo el necesario debate sobre las perversas consecuencias que está generando el mantener semejante subsidio. De lo contrario, las protestas populares pueden estallar, pero esta vez para exigir que se sincere el precio de la gasolina y se reoriente ese subsidio antipopular en favor de la población más humilde que no tienen carro, la cual sigue condenada a utilizar un sistema de transporte muy precario, que bien pudiera ser modernizado y ampliado si se invierten esos recursos en la creación de empresas comunales de transporte público.

Sincerar el precio de la gasolina no solo permitiría aliviar las cuentas deficitarias de PDVSA, sino también reorientar un porcentaje importante de ese subsidio en beneficio de los sectores más humildes que no cuentan con suficientes ingresos para comprar un vehículo a los precios actuales y, por lo tanto, en nada se benefician del subsidio a la gasolina. De esta forma, el ajuste del precio de la gasolina sería recibido como una medida progresista, en beneficio de la inmensa mayoría de la población, pues los recursos que actualmente son aprovechados por las clases de mayores recursos, serían reorientados a financiar proyectos de interés social.

El artículo 71 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela plantea claramente que:

Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo por iniciativa del Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros; por acuerdo de la Asamblea Nacional, aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes; o a solicitud de un número no menor de diez por ciento de los electores y electoras inscritos en el registro civil y electoral.

También podrán ser sometidas a referendo consultivo las materias de especial trascendencia municipal y parroquial y estadal. La iniciativa le corresponde a la Junta Parroquial, al Consejo Municipal y al Consejo Legislativo, por acuerdo de las dos terceras partes de sus integrantes; el Alcalde o Alcaldesa y el Gobernador o Gobernadora de Estado, o a solicitud de un número no menor de diez por ciento del total de inscritos en la circunscripción correspondiente.

Con base en este mandato constitucional, la Cadena Capriles que reúne varios medios de comunicación impresos de circulación nacional, en el año 2013 efectuó un sondeo en el que participaron 3.802 lectores. A la pregunta "cree necesario un aumento del precio de la gasolina", el 64% aseguró estar de acuerdo con un incremento.[7]

Es hora de promover un amplio debate nacional para que sea la ciudadanía, en el marco de la democracia participativa y protagónica que plantea la Constitución, la que decida si se debe aumentar el precio de la gasolina, en qué monto y en dónde se deberían invertir los miles de millones de dólares que anualmente se perciban por el ajuste del precio del combustible.

Como ya se ha dicho, no se trata de regalar la gasolina ni de venderla al precio internacional. El quid de la cuestión radica en asegurar el apoyo popular a una medida destinada a reorientar, a favor de la inversión social, este pernicioso subsidio. Por ser esta una materia de especial trascendencia nacional, debería ser sometida a referendo consultivo por parte del Presidente de la República. Si se deja claro que el mayor porcentaje de la recaudación por el aumento se destinará al financiamiento de programas sociales, comenzando por la modernización y ampliación de la flota de transporte público en todo el país, y que el precio de los pasajes no se incrementará, el pueblo venezolano respaldará masivamente la decisión de sincerar el precio de la gasolina.

12.       La renta petrolera en el debate nacional


En el debate nacional sobresalen dos visiones contrapropuestas en torno al destino que debe tener la renta petrolera. Por un lado, el planteamiento oficial de priorizar la inversión social de la renta con el fin de reducir el desempleo, la pobreza y la exclusión social, y de distribuir la renta a través de una amplia gama de subsidios que -además del de la gasolina- incluyen el subsidio al dólar oficial, los alimentos, la electricidad, el gas, los peajes, etc.

La otra visión es la de la oposición de derecha que considera el gasto público como una erogación improductiva que lleva al déficit fiscal y plantea reducir el gasto público para distribuir la renta a través de incentivos arancelarios, fiscales, financieros, cambiarios, compras gubernamentales, etc. que sirvan para atraer la inversión nacional y extranjera como fuente generadora de empleo y riqueza, y dejar que sean los mecanismos de la oferta y la demanda los que definan el nivel de precios, eliminando toda gama de subsidios y controles por parte del Estado.

Ambas visiones tienen en común la cultura extractivista-rentista que se expresa en la decisión de captar la mayor renta posible, bien sea a través del aumento de la extracción de petróleo o del aumento de los precios del crudo, en función de utilizar la misma para financiar el gasto público o los incentivos a la inversión nacional o extranjera. La diferencia radica en que una protege a los trabajadores y excluidos, mientras que la otra favorece a los empresarios e inversionistas. La primera suele incurrir en prácticas populistas al garantizar de manera indefinida e incondicional ingresos que no son fruto del trabajo. La segunda cae en una desviación economicista que, al reducir el desarrollo al crecimiento del PIB, tiende a otorgar al inversionista una amplia gama de incentivos fiscales, financieros, cambiarios, sin tomar en cuenta la tendencia a la distribución regresiva del ingreso que suele favorece al factor capital en detrimento del factor trabajo, razón por la cual un mejor desempeño del PIB no siempre se traduce en una mejora de las condiciones de vida del trabajador.

En una sociedad extractivista y rentista los actores económicos y sociales se acostumbran a obtener ingresos y ganancias que no son fruto de su esfuerzo productivo ni de un mejor desempeño empresarial. El gran reto nacional consiste en sustituir la mentalidad extractivista y rentista por una nueva cultura del trabajo y la inversión productiva, sin caer en el populismo o el reduccionismo economicista.

Tanto la inversión social como el estímulo a la inversión productiva son imprescindibles para poder transformar la economía rentista e importadora en un nuevo modelo productivo que propicie el desarrollo humano integral. La transición al post-extractivismo comienza por limitar la extracción de petróleo, minerales y materias primas única y adecuarlo exclusivamente a las necesidades de la producción industrial nacional, en función de generar abundantes fuentes de trabajo estables y bien remuneradas, sustituir importaciones, diversificar la oferta exportable y generar nuevas fuentes de divisas que hagan al país menos dependientes del aumento de la extracción de petróleo para poder captar una mayor renta que permita financiar la inversión social.  

El último aumento de precio de la gasolina se realizó en 1996. Desde entonces, los costos de producción, distribución y comercialización del combustible no han dejado de aumentar y superan ampliamente el precio congelado hace 18 años. Con base en los costos de producción, este subsidio representa una pérdida anual estimada en $ 750 millones, sin tener en cuenta el subsidio para el almacenamiento, transportistas y estaciones de servicio. Si comparamos el precio de venta en el mercado interno con el precio de exportación, el subsidio es de $ 11.834 millones anuales. Pero si la comparación se hace con los precios internacionales (que es mayor que el precio de exportación) el subsidio sube a $ 15.700 millones, equivalentes a 6,9% del PIB. Ambas cifras son superiores a las transferencias de PDVSA a las misiones sociales.

Si se sincera el precio de la gasolina con base en el precio al que se exporta -que es menor al precio internacional-, aún se estaría vendiendo la gasolina a precios por debajo del que se vende en la mayoría de países, pero cada año se obtendrían cerca $ 11.834 millones en ingresos adicionales, que bien pudieran ser reorientados a la Misión Vivienda, a la construcción de hospitales, o a la ampliación del sistema de transporte público, el cual es utilizado justamente por las personas de menores recursos que no tienen como adquirir un vehículo propio. Esto si sería una verdadera medida de justicia redistributiva, toda vez que el ajuste del precio lo pagarían quienes más tienen, aportando ingresos fiscales adicionales para ser invertidos en la ampliación y modernización de la flota de transporte público y en el financiamiento de otros programas de interés social.

Por los prejuicios que predominan en torno al impacto que puede tener el aumento de la gasolina como detonante de protestas populares, en Venezuela este asunto se ha convertido en un tema tabú y su tratamiento público suele ser considerado políticamente incorrecto, razón por la cual el gobierno y la dirigencia política oficialista le saca el cuerpo y ni siquiera se atreve a discutirlo. La creencia limitante de que un aumento del combustible servirá de pretexto para aumentar las tarifas del trasporte público y que esto se convertirá en el detonante de un estallido social, impide que el tema se debata abiertamente y sin prejuicios, mucho menos si se trata de un año electoral.

Desde el año 2004, el gobierno bolivariano viene considerando y posponiendo la medida de sincerar el precio de la gasolina, sin llegar a concretar la decisión, debido al supuesto costo político que le atribuye. Atrapados en creencias limitantes y a fuerza de repetir lugares comunes y afirmaciones sin sustento, se ha impedido el debate nacional sobre una decisión que podría evitar el derroche de gasolina, reducir la extracción de petróleo para el consumo nacional y la emisión de gases de efecto invernadero, aliviar el pesado tráfico en las ciudades del país, evitar un mayor deterioro del sistema vial y generar más de 11 mil millones de dólares anuales para financiar la inversión social y los proyectos de infraestructura y servicios de apoyo que requiere la actividad productiva. Ha terminado por imponerse un cálculo político-electoral montado sobre falsos supuestos y creencias equivocadas, con lo cual se prolonga el consumismo despilfarrador de gasolina, posponiendo y desplazando las grandes decisiones que permitan avanzar hacia un modelo post-extractivista.

En el año 2004, Alí Rodríguez Araque, para entonces presidente de PDVSA, al cuestionar que la gasolina en el país prácticamente se regalaba, planteó la necesidad de corregir el precio del combustible: “No hay razón para que los venezolanos paguen el precio de referencia internacional de la gasolina, pero en mi opinión deberían pagar un precio que cubra los costos de extracción, los costos de refinación y los de colocación en las estaciones de servicio”.[8]

Por su parte, en el año 2007 el Presidente Chávez  dijo: “El otro tema, y yo así lo anuncio, es la gasolina. En ocho años no hemos tocado el precio y en verdad ya es una grosería, pues, vender la gasolina como la estamos vendiendo; mejor sería regalarla. Y como he visto unos estudios por ahí, la clase media y la clase alta son los que más se benefician, porque el pobre se monta en su autobús, en su Metro, y entonces, Rafael, (dirigiéndose al Ministro de Petróleo y presidente de PDVSA Rafael Ramírez) vamos a incrementar el precio de la gasolina, ustedes recomiéndenme el modelo y el modo, de manera tal que no afecte para nada al transporte de alimentos, la inflación ni nada de eso, no señor, no tiene por qué incrementar el costo de nada; y va a pagar el que va a llenar el BMW o tiene tremenda camioneta”.

La eliminación del subsidio regresivo a la minoría propietaria de vehículos aún espera por un debate nacional para que sea la ciudadanía la que decida qué hacer con el precio de la gasolina. Los argumentos económicos, sociales, políticos y ambientales sobran para vencer las resistencias culturales existentes en la dirigencia política, el tejido empresarial e, incluso, en los sectores populares que serían los más favorecidos con esta medida.

Sin embargo, prevalecen las resistencias a debatir la viabilidad de sincerar el precio del combustible para reorientar ese subsidio al financiamiento de a la inversión social y productiva. Si un momento es oportuno para discutir este tema es justamente en el marco de los debates en la Comisión Económica para la paz, toda vez que no se trata solo de debatir sobre las pérdidas que representa para PDVSA, sino de cuantiosos recursos que bien pudieran destinarse a financiar las misiones sociales y los estímulos a la inversión productiva que tanto se requiere ahora para superar los problemas de escasez, acaparamiento y especulación que tanto malestar causan en la población venezolana.

Un debate abierto, serio y educativo permitiría a la ciudadanía identificar los pro y contra de cada medida. Así, podría comprender que la devaluación, al encarecer el componente importado, atiza la inflación que deteriora el poder adquisitivo de sus salarios; mientras que el ajuste de la gasolina no sería inflacionario y, más bien, permitiría captar más de $ 11.000 millones de dólares anuales para financiar la inversión social y productiva, así como los proyectos de los consejos comunales orientados a impulsar una nueva economía comunal.

Y el mejor momento para reorientar este subsidio es una coyuntura de precios del petróleo estables, como la actual. No hay que esperar a que se produzca una caída en la cotización de los crudos semejante a la del año 2009, cuando la situación fiscal se tornó tan crítica que obligó al gobierno a devaluar en un 100 % el bolívar y a subir el IVA de 9 a 12%.

13.       ¿Cómo sensibilizar y concientizar a la población?


Tan bajo es el precio de la gasolina, que las estaciones de servicio reciben un subsidio como remuneración por la comercialización del combustible al público. Este valor es establecido por el Ministerio Petróleo desde el año 2006, y se calcula como un margen estratificado por ventas de combustibles. De modo que sigue siendo un subsidio público a una red de concesionarios privados que bien pudiera pasar a ser controlada por la economía comunal.

Con el fin de construir una amplia base de apoyo social que permita sincerar sin traumas el precio de la gasolina, se podrían transferir las estaciones de servicio a las Comunas para que éstas administren el incremento del combustible y lo inviertan en diferentes proyectos de interés comunitario. Un proyecto emblemático pudiera ser la creación de empresas comunales de transporte público, lo cual permitiría ampliar el número de unidades, imprimiendo un poderoso impulso a la nueva economía comunal, bajo el control de los trabajadores directos y de las comunidades organizadas.

En Venezuela también se subsidia el costo del flete o servicio de transporte que prestan las cisternas. Si bien es cierto que con la promulgación de la Ley Orgánica de Reordenamiento del Mercado Interno, el transporte de los combustibles quedó reservado al Estado a través de la Empresa Nacional de Transporte, la cual opera el 60% de la oferta de combustible, el 40% restante sigue siendo operado por empresas privadas bajo contratos de servicio que también pudieran ser asumidos por nuevas empresas comunales creadas con los recursos que se generen, una vez ajustado el precio de la gasolina. Si el destino del aumento se deja claro, el pueblo venezolano respaldará mayoritariamente la decisión de sincerar el precio de la gasolina, toda vez que resultará ser el más favorecido. 

De acuerdo al Artículo 48 numeral 3, de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, “Por cada litro de producto derivado de hidrocarburos vendido en el mercado interno entre el 30% y 50% del precio pagado por el consumidor final, será retenido en la fuente de suministro para ser enterado anualmente al Fisco Nacional”. Adicionalmente se establece que “El Ejecutivo Nacional podrá exonerar, total o parcialmente, por el tiempo que determine, el Impuesto al Consumo General, a fin de incentivar determinadas actividades de interés público o general. Puede igualmente restituir el impuesto a su nivel original cuando cesen las causas de la exoneración.”

En el pasado, este margen era destinado a subsidiar programas sociales, entre los que figuraba el programas atendido por la Fundación Fondo Nacional de Transporte Urbano (FONTUR), el cual recibía un porcentaje por cada litro de gasolinas o diesel comercializado en el mercado interno para financiar la adquisición de unidades de transporte colectivo. Pero ante el irrisorio precio del combustible, y debido al enorme incremento en los precios de las unidades de transporte, el monto recaudado no permite reponer y mucho menos ampliar la flota de transporte.

La construcción del Estado Comunal requiere que el poder sea ejercido directamente por el pueblo a través de los consejos comunales, comunas y ciudades comunales. Estas diferentes formas de autogobierno comunal, al administrar directamente los recursos públicos, le imprimirán un fuerte impulso a la participación de la ciudadanía en la formulación, ejecución y control de los planes y presupuestos relacionados con los proyectos necesarios para mejorar el bienestar social.

En esta dirección, un porcentaje del aumento recaudado, podría ser destinado a fondear la Banca Comunal y a crear una nueva Sociedad Comunal de Garantías Recíprocas, cuyas agencias funcionarían en cada estación de servicio y pasarían a ser dos poderosos instrumentos para impulsar el Sistema Económico Comunal, dedicado a la producción de bienes y servicios imprescindibles para satisfacer las necesidades básicas y esenciales de la comunidad.

La creación de empresas comunales de transporte colectivo se puede financiar con los excedentes que se generen del aumento de la gasolina, y desde su origen las nuevas unidades debería utilizar el gas natural como combustible. Con este fin, las bombas de gasolina se podrían transferir a las Comunas, convirtiéndolas en nuevas instancias de participación que permiten ejercer el gobierno comunitario. El apoyo popular a esta medida se podría construir a lo largo de un debate educativo y concientizador que se promueva a lo largo y ancho de todo el país, de cara a la realización de un Referendo Consultivo. Los ciudadanos debatirían la viabilidad y conveniencia de sincerar el precio del combustible para destinar los excedentes a la inversión social y productiva, y a fondos para el financiamiento de proyectos comunitarios, los cuales serán directamente administrados por la Comuna, sin mediaciones burocráticas de ningún tipo.

Como lo hemos explicado, a pesar del poco peso que tiene el precio de la gasolina en las tarifas de transporte colectivo, se teme que –al igual que ocurrió en el pasado- los transportistas privados se excusen en un ajuste del combustible para incrementar desmesuradamente los precios de los pasajes, convirtiendo el precio de la gasolina es una materia de alta sensibilidad social y política. Para conjurar la amenaza de brotes especulativos sobre las tarifas de transporte que pudieran convertirse en causa de protestas populares, se impone la necesidad de impulsar nuevas formas de propiedad social y comunitaria sobre los sistemas y redes de transporte público. Para construir un amplio respaldo popular, el primer programa emblemático podría ser el financiamiento de un sistema comunal de transporte público para ampliar y modernizar las unidades que utilizan las personas que no tienen vehículo, y que –como lo hemos reiterado una y otra vez- para nada se benefician del subsidio a la gasolina. Es tanto el actual subsidio que al sincerar el precio del combustible, los recursos liberados alcanzarían para subsidiar holgadamente a los transportistas privados, mientras otro porcentaje se destina a financiar las nuevas empresas de transporte público bajo el control de las comunidades organizadas. Es más, para conjurar cualquier tipo de riesgo, el gasoil que utilizan los autobuses se podría mantener al margen del incremento de los combustibles, evitando así que pueda ser usado como pretexto para aumentar los pasajes.

La administración directa del aumento del combustible asegurará una fuente permanente de recursos financieros para sostener las formas de autogobierno y estimular una creciente participación en las asambleas de ciudadanos, fortaleciendo la autogestión en la ejecución de obras y prestación de servicios públicos que contribuyan a  mejorar la calidad de vida en la Comuna. Asimismo, propiciará una mayor corresponsabilidad entre la ciudadanía y las instituciones del Estado en el proceso de formación, ejecución, control y evaluación de la gestión comunal.

Construir la viabilidad de estas propuestas pasa por una campaña informativa que fortalezca la conciencia política y la organización del pueblo para ejercer la contraloría social y asegurar la eficiente inversión de los recursos para el beneficio colectivo. Al activar una fuente permanente de financiamiento que pueda ser administrada directamente por la Comuna, resulta imperativo fortalecer su organización para que esté en condiciones de asumir la administración de los servicios y la ejecución de las obras que siguen represadas en las alcaldías, gobernaciones y entes de la administración central. De esta forma se estaría ampliado y fortaleciendo la participación del pueblo organizado en los asuntos públicos, para avanzar así hacia el ejercicio pleno de la soberanía popular.  

Todo indica que el ajuste del precio de la gasolina es una medida que no se puede seguir postergando. Además de todo lo planteado, un precio justo para el combustible ayudaría a racionalizar su consumo, exportar el volumen liberado, generar nuevas fuentes de divisas que contribuyan a mejorar las reservas internacionales, aliviar el colapso del tránsito terrestre y minimizar el impacto ambiental que ocasiona la emisión de gases de efecto invernadero, debido a la quema irracional de combustibles fósiles que estimula el actual subsidio a la gasolina.

Como una retribución a los contribuyentes que pagarían un mayor precio por la gasolina, un monto significativo de los ingresos adicionales se debería destinar a mejorar la infraestructura vial que utilizan y así evitar accidentes y daños mecánicos a sus automóviles. Para mantener en buen estado la infraestructura vial, los impuestos indirectos a la gasolina deberían ser mayores en las grandes ciudades, así como en las estaciones de servicio que están a lo largo de las carreteras y autopistas. De esta forma, en el costo del combustible que consumen los vehículos, estaría incluida la contribución que cada quien hace para beneficiarse de una infraestructura vial bien pavimentada y con adecuada iluminación, señalización, auxilio vial, etc. 

Si se sincera el precio de la gasolina con base en el precio al que se exporta -que es menor al precio internacional-, aún se estaría vendiendo la gasolina a precios por debajo del que se vende en la mayoría de países, pero cada año se obtendrían cerca $ 11.834 millones en ingresos adicionales, que bien pudieran ser reorientados a la Misión Vivienda, a la construcción de hospitales, o a la ampliación del sistema de transporte público, el cual es utilizado justamente por las personas de menores recursos que no tienen como adquirir un vehículo propio. Esto si sería una verdadera medida de justicia redistributiva, toda vez que el ajuste del precio lo pagarían quienes más tienen, aportando ingresos fiscales adicionales para ser invertidos en la ampliación y modernización de la flota de transporte público y en el financiamiento de otros programas de interés social.

 




[1] http://www.elmundo.es/elmundo/2013/05/11/natura/1368272165.html
[3] http://www.econometrica.com.ve/blog/resumen-de-prensa-05102011
[4] http://sicsemanal.wordpress.com/2013/10/02/injusticias-de-las-que-no-se-habla/
[5] http://www.pdvsa.com/index.php?tpl=interface.sp/design/readmenuprinc.tpl.html&newsid_obj_id=5566&newsid_temas=237
[6] http://www.pdvsa.com/index.php?tpl=interface.sp/design/readmenuprinc.tpl.html&newsid_temas=202
[8] http://sicsemanal.wordpress.com/2013/10/02/injusticias-de-las-que-no-se-habla/